momento del pacifico

Quien pensaria que después de varios meses, Alejandro volvería a aquel apartamento y lo miraría para despedirse; recorría cada rincón con un olfato de perro intentando retener un poco de todo y de nada, como si aquel intento desesperado pudiera salvaguardar esos recuerdos ahora que se escapan y parecen disolverse en el tiempo.

Alejandro esperaba tomar el primer vuelo en la mañana aquel 22 de julio, tratando de dejar esos espacios atrás en el tiempo y lanzarse en una búsqueda de la cual aun el ignoraba su llegada. Por primera vez atravesaba esa calle de Palanque que lo llevaría mas allá de donde nunca hubiese estado, pero cómo atravesar el río con tantos recuerdos, cómo subirse a una lancha con tantas maletas cargadas y de una u otra manera vacías.

Sofia había partido meses antes, soles antes como le decía a los días, había estado tejiendo y tejiendo varias hamacas y las dejo por el pueblo como una firma, una estampa para recordarla. Él a cada momento pasaba por esas trochas y veía una que otra tendida en dos palos de aguacate y le era inevitable pensar nuevamente -sofia, sofia…-

Deambuló un poco por la cocina que aun parecía tener ese olor a chocolate recién hecho y una atmósfera de la típica humedad de la selva cercana, ahí es cuando se comienzan a venir esos recuerdos a la cabeza; la sonrisa de la mañana, la forma en la cual se levantaba y se quejaba de la hora, luego esas rutinas y hechos cotidianos de los cuales nadie se da cuenta, de los cuales nadie habla o escribe; el hecho de arroparse medio lado con la sabana, las quejas de siempre de los mosquitos, zancudos, lagartijas que comen flores… vivir al lado del mar siempre fue una buena idea.

Una idea que se le ocurrió a Sofia hace mas de dos años cuando al salir de la universidad, y después de buscar por meses uno de esos empleos para diseñadora encontró uno para muebles; pero la mala paga, los horarios que continuaban los fines de semanas, las preocupaciones que iban y venían y comenzaban a hacerle perder el sentido de las cosas; cosas cotidianas que le mostraban el asombro y le servían para hacer esos extraños diseños. Pasa el tiempo como si pasara por medio de un tunel oscuro en el cual nada se detiene, nada se toma, las experiencias se vuelven comunes, iguales, una tras otra, un diseño tiende a ser el mismo y cambiado brevemente una y otra vez. Las sillas de cinco patas, las camas que vuelan tendidas del telar, los juegos de mesa al revés, las lamparas de piso que lucen desde el piso. Alejandro que entra en la vida como un estudiante de provincia con ganas de aprender y ella sin nada que dar entonces…

Cansada de ver los mismos telares y tejidos y él con esos ojos detrás de los lentes, detrás de la ciudad sin nombres y sin olores… sin la necesidad de tomar nuevamente el bus a casa; mas tarde vendrían las tardes de sol, la lunas nocturnas de la noche sin discreción… como pensar y repensar lo que pasaría desde entonces; la huida de la cuidad, la llegada al mar, el aprender de nuevo los puntos y sus cruces, el pequeñito cuarto con olor a madera húmeda todo el tiempo; el pescado diario, la sal que falta de vez en cuando, y la voces de la noche que aparecen y desaparecen con la luna…

Alejandro recorría de nuevo los mismo tablones pero no los mismos recuerdos, las mismas ventanas cuadradas pero no las mismas visiones… a veces los recuerdos presentan ese sabor extraño como si hubiesen sido vividos por otro, en otro espacio pero a la vez siendo el mismo. Las maletas de viaje reposan y se tambalean al lado de la puerta descuadrada, la tejas de zinc recuerdan que es hora de partir, de huir y dejar atrás, tal vez era hora de irse a buscar, de encontrar a Sofia…

Al momento de salir, cuando la puerta rechina sobre la madera vieja y las bisagras suenan, con la mirada baja, mirando y no mirando el suelo de arena… aparece Sofia, con su pelo castaño, ese vestido rojo y negro de siempre, sus piernitas blancas…

-hola, ¿a dónde vas?…

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