Cartas al parque a mediodía III

Este año comenzó con tu despedida, con el hecho de haber descubierto que nuestros asombros son diferentes, que van por caminos en motocicleta casi opuestos; que yo aún riego la sal sobre el comedor y escribo tu nombre, que tomas el despertador y lo pones debajo de tus senos para que siga sonando a través de tu cuerpo; lo cual tampoco me molesta pero a la final deseas que ese sea un rito privado, sin espectadores. Y eso fue en últimas lo que hizo que nos subiéramos por separado a la torre de Chicago, yo un mero espectador de tus palabras de naranja, tu desgarrando los algodones de azúcar rosados.

Entonces entonces, entonces… como me saca de quicio ésta palabra, ya me cansé de considerar los entonces, la lógica, las consecuencias, odio ese instante cuando preguntaste cómo me veía en unos años, en unos meses… yo solo me quiero ver al espejo hecho por el agua del parque. Por eso a mitad del año huí, huí en silencio hacia fuera de la ciudad, a tener silencios con las hojas y no con tus nostálgicas palabras.

Mi cuerpo te ha ido olvidando, mis manos casi no recuerdan tus sabores, y creo que me quedaré únicamente con tu mirada.

Y a mitad de año todo cambio abruptamente, después del silencio vino ella con sus sonrisas un poco tímidas a mediodía, con su olor a fresa, con su pijama rosada, con los suspiros que se me llevaban los míos, ella que me compuso una autopista de quereres y nomeolvides… y como siempre todo terminó o casi en un aeropuerto, a medianoche, a medio sabor de día, le di mi suéter de rayas, lo tomó entre sus manos y acercándolo a sus labios  me dijo que le gustaba mi asombro

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