Historias y sofás con coca-cola

A Rafael Chaparro  Madiedo
Gracias a Anma 
por contarme sus historias en el sofá
Tetas de mantequilla
Sencillamente me ha costado un enorme trabajo recordar el día en que la conocí, seguramente está ese día casi que enterrado por mis otros olvidos cotidianos. Aunque como dicen por ahí, si no sabe invénteselo, así que diré que el día que conocí a tetas de mantequilla, yo paseaba por el hall de salud mental como siempre hago los viernes desde hace 6 años. La vi sentada transcribiendo unas hojas manchadas con su letra, me senté al lado y le dije -hola, yo soy raro ¿y usted?, sin mirarme me contestó -yo estoy rota, como muchos. Buscó uno de los colores que estaba en su bata blanca y esta vez mirándome escribió su nombre en la palma de mi mano.
                No comenzaré a decir ahora que tiene ojos color miel o que me perdí en su mirada, diré que al mirarme, sentí unos irreprimibles deseos de escribir mi nombre en sus tetas con el mismo color que me había pintado su nombre. Sin embargo, no lo hice porque no me pareció tan buena idea estando en la unidad de salud mental, así que me le quede mirando sus tetas de plástico y tratando de entender los manchones de sus letras que se borraban con el sudor. Por un momento imaginé que tetas de mantequilla tenía el extraño rito de irse cada 15 días a la torre Colpatria para tomar una foto de la ciudad al atardecer y luego  colgarla en la pared de su cuarto. Pared sobre la cual reposaría su espalda desnuda con intención de que se le pegaran las fotos y poder decir que tenía sexo con la ciudad a su espalda; al terminar y cubriéndose con la sabana iría a la sala, serviría un Whisky, fumaría un Marlboro Mentolado y me contaría una historia de sus viajes, de la vez que siendo niña, por hablar otro idioma nadie le entendía o la ocasión en que descubrió que le gustaba tener ordenado todo, sus papeles, sus vasos, sus bufandas y así….
                Pero la realidad pesa, pesa como las mañanas de lunes en el colegio, pesa cuando se va tarde, cuando es domingo y se está solo en mitad de humo de cigarrillos, pesa en este instante cuando Tetas de mantequilla me detiene de divagar y me dice -¿Tienes un cigarrillo?, le digo que no tengo cigarrillos, que de vez en cuando fumo… que debo irme. No la miró mas y no la vuelvo a ver sino un par de años después.
Costumbres
Tenía la costumbre de levantarse temprano, tender la cama y volver a dormir, podía ver como se dibujaba una sonrisa con el tacto suave de las sabanas hechas; a eso de las ocho y vestida con una de mis camisas se iba hacia la sala, sentada y cruzando las piernas, sacaba un cigarrillo, buscaba un lápiz y escribía canciones en servilletas; luego las colocaba en la pared de la ducha, le gustaba ver como eran devoradas las letras mientras el agua caía. Nunca pude escuchar bien sus letras, yo me quedaba absorto con su perfume, el olor a whisky, el sabor de los besos mentolados, el ruido de la noche, de la rumba sin rumbo, la arena de playa en la entrepierna, el zumbido en los oídos.
Pasajeros con destino a Bogotá
Pasajeros con destino a Bogotá, el vuelo 011 se encuentra atrasado por mal clima en la pista, recuerden que deben dirigirse a la puerta 3.
Me entere que había vuelto a Bogotá apenas unas horas al bajarse del avión, al llegar encontré como generalmente ocurre la puerta entreabierta del apartamento, hubo un silencio profundo, ensordecedor, un silencio de esos que traspasan las paredes. Ella estaba sentada al lado de la ventana y tenía la mirada perdida hacia las montañas, sacaba un cigarrillo tras otro, compulsivamente, temblorosamente, sus labios rojos titiritaban, en un tono apenas perceptible decía -país de mierda, decisiones de mierda, gente de mierda, apartamento de mierda. Cuando al finalmente se enteró de mi presencia, me miró en vano,  casi como si no existiera, sacó otro cigarrillo y siguió fumando, al verla note que sus labios ahora estaban rotos, que la sangre seca se esparcía sobre sus mejillas, su hinchado ojo izquierdo apenas le dejaba ver la montañas. La camiseta que un día realizaba una silueta a sus desnudos hombros, ahora estaba sin forma, manchada, opaca, y sus hombros antes llenos de pecas y de pequeños sitios donde perderse, parecían tristes recuerdos de una mañana desgastada. 
El siguiente día tenía un sabor amargo,  olía a periódico olvidado sobre una banca de parque; sin embargo, todo parecía olvidado, tetas de mantequilla estaba resuelta y decidida a tomar el episodio como una mala resaca de aguardiante y haberse caído por entre las escaleras. Después de todo a mediodía ya se encontraba sonriendo, colocando besos sobre el espejo con sus labios recién pintados,  yo intentaba poner a Arvo Pärt en el apartamento, pero ella sacaba a Mauricio y Palo de agua
Pequeñas cosas
Un buen día sencillamente Tetas de Mantequilla desapareció, en su cuarto dejó un par de libros, la cama tendida como si nunca hubiese estado, en el espejo escribió con labial una receta para hacer salmón al horno, tomó su ropa, sus maletas y organizó las monedas que reposaban en una cacerola al lado de la puerta. Debo aceptar que lo pintado en el espejo estuvo un largo tiempo, tiempo en que me negaba en parte a aceptar la abrupta y sin razón ida. No busqué explicaciones. A veces me despertaba y cometía el típico error de preparar más huevos, a comprar más arepas, con el paso del tiempo volví lentamente al cereal, al té, a pintar hasta tarde; creo que si bien no me interesa los motivos de la partida, si es claro que hay un cierto aire de nostalgia con pequeñas cosas, verla leer el periódico en la cama o verla moverse de una lado para otro, el sonido de sus labios cuando pronunciaba la palabra parsimonia.
Lo extraño es que dos años después llegó, un día miércoles cualquiera, en un tarde cualquiera de lluvia Bogotana; me la encontré en el sofá de la sala cruzada de piernas fumando sus Malboros mentolados, me preguntó dónde había dejado la cocacola y si le había escondido el cenicero, que detestaba usar la cajetilla como tal. Le pregunté que había hecho en el día –comer y dormir, como siempre, me respondió. Ese día se quedó, las fotografías volvieron a pegársele a la espalda húmeda, el pelo sabor a trigo enredado en los labios, la agitación nocturna, la banda sonora que no era más que un simple televisor en capítulos repetidos de Alf.  No sentí llegar la mañana, así como tampoco sentí cuando ella se fue hacia la sala a abrir las ventanas de par en par a las 5 de la mañana, me desperté por el frío y la vi sentada mirando las montañas del centro de la ciudad,  -esto era lo que más extrañaba, me decía, -el amanecer entre las montañas, donde vivo casi no hay, y cuando apenas se alcanzan a ver son sofocadas por el smog de la ciudad, que mierda es vivir en una ciudad.
-¿usted no va preguntar por qué me largue? ¿Por qué un buen día me ausente, sin decirle, sin avisarle siquiera? ¿No me a preguntar por qué ahora estoy aquí?
-no creo que usted tenga una respuesta, no creo que usted sepa porque volvió o porque se fue, supongo que igual no me bastaría con una razón así me la diera. Mejor quédese sentada y le traigo una cocacola.

Ese mismo día ella partiría a NY, rara vez voy a los aeropuertos a despedir a alguien, me surgen una gran cantidad de sentimientos encontrados que poco entiendo, al caer de la tarde, llamamos un taxi y la acompañe hasta inmigración. Mientras pasaba papeles ella me mandaba besos al aire, compré un café expreso y con mi aliento empañe uno de los vidrios que dan hacia las puertas de abordaje, allí en mitad del vidrio escribí, Tetas de mantequilla…

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