paréntesis de recuerdo

Me costó y con gran esfuerzo aprender a nadar, no fui como otros afotunados con río al lado o cursos de verano en la piscina; como buen citadino nadaba entre la calles y entre montones de arena que quedaban de las construcciones del lado de la casa o de la propia en los vanos intentos de mi padre por siempre querer construir el “otro piso”.
No puedo negar que esfuerzos hubo, porque para eso sirven los paseos familiares, para intentar (léase bien, intentar), tomar esos dos brazos mios flacos en una secuencia coordinada que permitiera que junto con mis piernas avanzar en el agua. Los años pasaron y la idea se surcar por si mismo y sin ningún atavio el agua se diluyó.  Los intentos familiares tienden a frustrarse después de 20 minutos en la piscina en el cual uno termina por aprender a tomar agua con cloro y quemarse la espalda.
Fue ya en la universidad que finalmente tomé por mis propios medios un medio cursito en una piscina olímpica que compartía obviamente con una decena de seres de no mas de 10 años. Pasaba cerca de dos veces a la semana en esa alberca o piscina, y aunque si la cosa es de estilos debí formar el mio propio que al instructor poco le gustaba..
Hoy amanecí extrañando esa sensación de estar rodeado de un liquido por todo lado, es más, tengo nostalgia de cómo se escuchaban las voces de los niños en mitad del agua, casi como con un eco que aparecía y desaparecía a medida que uno entraba y sacaba la cabeza.

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