La vida de Juan Manuel, no es poco rara a la de muchos de su generación; va a cine cuando puede y siente ganas, le gusta escuchar música de tierras lejanas para sentir que puede extrañar su casa. Pero lo más interesente de Juan Manuel es su gusto por la arquitectura, le encanta hablar durante horas acerca del manejo de la luz y de cómo se puede hacer que el sol te salude por las mañanas cuidadosamente y no sea un inoportuno y brusco despertar. A Juan Manuel le gusta despertar con el sol, le gusta quedarse observando los cambios de los grises azulosos a los amarillos rojizos, a veces parece divisar el punto exacto en donde la noche deja de ser noche y el día se convierte en día; es un punto efímero y delgado que puede pasarse fácilmente si se mira deprisa un amanecer, pero es el instante en donde hay una detención del tiempo y todo se convierte en un extraño asombro ante el cual sólo es posible retroceder pero imposible escaparse…
Así que a él le gusta jugar construyendo paredes y ventanas que digan: buenos días querida noche. Pero también le gusta construir escaleras, que lleven a sus habitantes a los ninguna parte, da la impresión a sus huéspedes de estar perdidos y solo divagar, pero es precisamente esa impresión que los hace buscar entre las habitaciones y descubrir que detrás de cada puerta se encierran tiempos y mundos diferentes. Hay escaleras, además, en caracoli, rectas, automáticas,  con pasamanos, sin pasamanos, con descansos, sin descansos; parece que las escaleras también tuvieran personalidad, o algo que les diera una identidad…
Pero basta de hablar de escaleras y paredes que esos hay que dejárselo a los libros de arquitectos. Un día Juan Manuel llegó a su casa por la noche y cuando volteó su cabeza para mirar el cielo oscuro y taciturno encontró una luna rodeada por un halo blanco a su alrededor, se dirigió al piso más alto de los apartamentos y en la terraza volvió a observar aquel raro fenómeno del cual él era un espectador. Recordó por un momento los cuentos de Poe, era como una noche de cuentos, como si en el fondo hubiera un pianista que tocara una melodía lenta y un saxofonista vagabundeara por entre las calles de la ciudad; de pronto comenzó a llover tímidamente y las gotas traslúcidas brillaban por momentos pequeños como si existiera una delgada cortina entre el mundo y sus ojos.
Poco a poco la lluvia fue mojando el cabello de Juan Manuel y recordó que a diferencia de cuando es de día las noches no son tan tristes; pensó en todas sus despedidas y en todos los saludos que le habían dado en la vida, unas lágrimas suaves se confundieron entre la lluvia, y sintió un pequeño blues que le invadía el alma. Más, sin embargo, no lloró por sus amores ahora lejanos y distantes en el tiempo, a esas tristezas le tomó fotografías y ahora están en un álbum que tan solo de vez en cuando se saca para no olvidar los momentos. Mientras llovía las hojas de los árboles caían al tiempo, así que cuando amaneció las calles parecían entapetadas por una delgada capa de hojas grandes y cafés.
– Cuando llueve y caen las hojas me dan ganas de tomar chocolate, de escuchar la espuma que parecen ser crocante y tener entre mis manos frías algo que me caliente, entonces puedo creer que el tiempo no pasa y que a lluvia que golpea al vidrio de la ventana me esta saludando a su manera,  a veces salgo a caminar bajo la lluvia para sentirme sólo y acompañado al mismo tiempo, entonces abro mis brazos y dejo que me toquen miles de gotas porque de una u otra forma tanta belleza es imposible de retener y tan solo la dejo pasar por mi.

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